Vida silvestre en Copahue

Nuevas imágenes de pumas fortalecen la conservación

Las cámaras de monitoreo en el Área Natural Protegida Copahue registraron la presencia de ejemplares de puma, entre ellos una hembra que podría estar en gestación. Este hallazgo constituye un indicador del buen estado de los ecosistemas altoandinos y refuerza la importancia del trabajo de conservación que llevan adelante los guardaparques.
sábado 23 de agosto de 2025

El humo blanco del volcán Copahue, las montañas cubiertas de nieve tardía y el silencio roto solo por el viento son parte del escenario donde la vida silvestre sigue escribiendo su propia historia. Allí, en ese paisaje que parece detenido en el tiempo, las cámaras de monitoreo volvieron a encender la esperanza: registraron la presencia de varios felinos nativos, entre ellos un puma adulto con un abdomen ensanchado que sugiere una posible gestación.

El puma es un depredador tope, es decir, ocupa el lugar más alto en la cadena alimenticia y cumple un rol clave en el equilibrio de los ecosistemas patagónicos. A diferencia de liebres o chinchillones —que tienen varios depredadores naturales como zorros o gatos monteses—, especies de mayor tamaño como el guanaco solo encuentran en el puma a su regulador natural. “Si los pumas desaparecieran, los guanacos podrían multiplicarse sin control, generando sobrepastoreo y afectando la regeneración de la vegetación. Eso, a su vez, impactaría a muchas otras especies y hasta a la economía ganadera”, explica la guardaparque Maelle Uguen. Y agrega: “El puma es un guardián silencioso: mantiene en equilibrio la vida de la montaña, incluso cuando nadie lo ve”.

La Secretaría de Ambiente y Recursos Naturales, dependiente del ministerio de Energía de la Provincia, subraya que este tipo de registros son más que una anécdota: son señales del buen estado de los ecosistemas altoandinos y de la importancia del trabajo de monitoreo. Porque cuando la cámara captura el paso de un puma o de un gato montés, no solo se trata de una foto: es la evidencia de que la montaña sigue respirando vida.

El ciclo de la vida en la montaña

El puma es un animal silencioso y esquivo. Apenas deja huellas en la nieve, un rastro en la tierra húmeda o el destello fugaz de su pelaje frente a la lente de una cámara trampa. Su biología está marcada por un reloj interno: la gestación dura unos tres meses —91 días— y aunque puede reproducirse en cualquier época del año, la mayoría de los nacimientos coinciden con el final del invierno y el inicio de la primavera.

“En Copahue creemos que podría dar a luz en la próxima luna llena. No es un dato científico sino una creencia popular, pero lo cierto es en algunos casos se puede observar que la luna influye en el comportamiento animal y en los partos”, explica Maelle. La guardaparque aclara que el embarazo de una hembra solo se hace visible en las últimas semanas, cuando los embriones crecen lo suficiente como para marcar el abdomen. Es en ese momento cuando las cámaras dejan de registrar una silueta ágil y comienzan a mostrar un vientre ensanchado, un signo que despierta expectativa entre los equipos de conservación.

Dar a luz en la cordillera no es tarea sencilla. Con depredadores potenciales, inclemencias climáticas y la soledad como norma, la hembra necesita encontrar lugares apartados y seguros. “Lo que muestran los estudios es que eligen cuevas o rincones rocosos donde esconder a las crías durante sus primeros meses de vida. Mientras tanto, la madre hace recorridos cortos para alimentarse y regresa. Reduce su territorio para mantenerse cerca de los cachorros y poder protegerlos”, relata Maelle.

Ese comportamiento, paradójicamente, hace que dejar de verla en las cámaras también pueda ser una buena noticia: significaría que se refugió para dar a luz. El misterio entonces no es ausencia, sino señal de que la naturaleza sigue su curso.

Una buena noticia para el ecosistema

La eventual llegada de cachorros en Copahue es mucho más que una anécdota biológica. “Un nacimiento de puma es un signo de vitalidad del ecosistema. Quiere decir que hay suficiente alimento, espacio y calidad ambiental para sostener a un depredador en fase de reproducción. Es un indicador de salud ambiental”, señala la guardaparque.

Graduada en 2018 de una tecnicatura en gestión ambiental en Francia, Maelle Uguen pasó cuatro años como guardaparque voluntaria en un área privada de la costa de Chubut. En 2023, tras superar las distintas etapas de un concurso público, comenzó a trabajar como guardaparque en el Área Natural Protegida Copahue. Desde entonces, combina su formación académica con la experiencia de campo, convencida de que proteger estos paisajes es también proteger nuestra propia vida futura.

El día a día de un guardaparque

La teoría científica se mezcla con la vida cotidiana. Copahue es un parque de 28.500 hectáreas, patrullado por tres guardaparques. Cada salida es distinta: a veces la lluvia ayuda a marcar huellas frescas en el barro, otras el silencio es total. “Uno nunca sabe qué puede aparecer. Hay que estar siempre listo para registrar lo inesperado: una cámara, un cuaderno de notas, un GPS en la mochila”, describe Maelle Uguen.

La emoción mayor llegó cuando revisaron las memorias de las cámaras y apareció la imagen del puma con su abdomen ensanchado. “El último registro lo habíamos tenido en septiembre de 2023. Después de un año de seguir rastros sin éxito, ver esas fotos fue muy emocionante. Además, detectamos dos individuos distintos: uno adulto y otro juvenil. Es un hallazgo muy valioso”.

El monitoreo requiere paciencia y método. Las cámaras trampa funcionan con sensores de movimiento y deben revisarse cada dos semanas. La elección de su ubicación es clave: pasos de animales, roquedales con menos vegetación al frente, rastros previos en el suelo. Hoy el parque dispone de seis cámaras, pero solo tres están activas por falta de insumos como baterías.

“Además de pumas, en los últimos meses registraron zorros colorados, gatos monteses, chinchillones, zorrinos, aves y hasta imágenes del monito de monte, un marsupial en peligro. Cada imagen suma una pieza al rompecabezas de la biodiversidad altoandina”, explica.

La montaña guarda secretos que solo revela a quienes saben esperar. En Copahue, las cámaras trampa no solo registran imágenes: capturan instantes de una historia más grande, la de un ecosistema que resiste. La posible llegada de cachorros de puma es más que un dato biológico: es una metáfora de esperanza, un recordatorio de que incluso en los paisajes más hostiles la vida insiste en abrirse camino.

Para Maelle, que dejó Europa para echar raíces en la cordillera neuquina, cada huella de puma y cada sombra frente a las cámaras son también una confirmación personal: eligió este camino para estar cerca de la vida silvestre y acompañar sus misterios. Y hoy, esa elección se traduce en una certeza colectiva: aún estamos a tiempo de conservar lo que tenemos.

Para los Guardaparques de Copahue, custodiar estas tierras no es solo un trabajo: es un compromiso vital. Cada huella en la nieve, cada vuelo de cóndor, cada sombra en la pantalla, renueva la certeza de que proteger la naturaleza es protegernos a nosotros mismos.

En tiempos donde la conservación suele librar batallas silenciosas, la imagen de una puma en Copahue se transforma en símbolo: la vida sigue latiendo en la cordillera, y aún estamos a tiempo de cuidarla.

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