Enfermera por elección y vocación
“Amo lo que hago”: la historia de Claudia Flores y sus 33 años junto a la comunidad de Picún Leufú
Guardar en la memoria 33 años de una vida dedicada a la salud no es sencillo para Claudia Alejandra Flores. Habla de su trabajo y se emociona. Habla de jubilación y vuelve a llorar. “Me llega mucho. Hablo de jubilación, lloro”, reconoce. Y en esas lágrimas aparece una historia construida desde la vocación, el compromiso y una manera profundamente humana de entender el cuidado.
Recién tenía 18 años cuando decidió estudiar enfermería. “Yo entendía que cuidar a las personas era mucho más que brindar una atención”, recuerda. En 1990 se recibió como auxiliar de enfermería en la Cruz Roja de Cutral Co, la ciudad donde nació y se crió. Las prácticas confirmaron aquello que había intuido: cuidar también era escuchar, acompañar a los pacientes y estar junto a sus familias.
En Picún Leufú encontró un lugar para desarrollar toda una vida profesional. Llegó hace 33 años y fue parte de un hospital de complejidad III donde las urgencias y emergencias exigían resolver con recursos mucho más limitados que los actuales. “No teníamos los recursos que hay ahora”, cuenta.
También aprendió que la profesión podía acompañar los dos extremos de la vida. Recibir recién nacidos cuando los partos todavía se realizaban en el hospital fue una experiencia que la marcó para siempre. Pero fueron especialmente los pacientes de cuidados paliativos quienes dejaron una huella profunda. Hace alrededor de 30 años que trabaja en ese ámbito y allí encontró algunas de las lecciones más importantes de su vida. “En cada paciente oncológico que acompañé encontré una enorme fortaleza, un inmenso amor por la vida”, dice.
Entre nacimientos, urgencias, cuidados paliativos y despedidas, Claudia construyó una mirada sobre la salud pública que trasciende la atención médica. “Para mí representa igualdad de oportunidades y un sentimiento de mucha responsabilidad social”, sostiene. Por eso defiende un hospital de puertas abiertas, cercano a la comunidad y capaz de garantizar el acceso a la salud. “Yo siempre digo: yo tengo la camiseta de salud pública”, asegura.
La llegada a la dirección del hospital significó cambiar el lugar desde el que cuidaba. Primero condujo Enfermería durante un año y medio y luego asumió la dirección, donde está próxima a cumplir tres años. “Para mí es otra forma también de cuidar”, explica. Desde allí descubrió que organizar recursos, acompañar al personal y mejorar la atención también podía transformar la vida cotidiana de los pacientes. Aunque extraña la asistencia directa, todavía sale a terreno porque, admite, “amo enfermería”.
La evolución de la profesión también le genera orgullo y reflexión. Desde 1990 hasta hoy reconoce enormes avances en equipamiento, recursos humanos y especialidades que llegan desde otros hospitales para atender en Picún Leufú. Pero reclama no perder aquello que considera esencial: la dimensión humana. “Nosotros tenemos que saber que trabajamos con personas”, advierte. Para ella, empatía, compromiso y responsabilidad no son complementos de la tarea: son parte de la enfermería.
Y si existe un momento que explica el vínculo entre Claudia y Picún Leufú, es la pandemia. Después de trabajar durante un año en plena emergencia sanitaria, se contagió de Covid-19 y estuvo “al borde de la muerte”. Mientras ella y su marido permanecían enfermos y sus hijos estaban aislados, la comunidad se hizo cargo de acompañarlos. Cuando Claudia regresó a la localidad después de un mes, encontró a sus vecinos esperándola.
“Yo digo: lo que yo brindo a la comunidad se vio reflejado en ese momento”, recuerda con emoción. Aquella experiencia terminó de confirmar un sentimiento que ya llevaba décadas construyendo: “¿Cómo yo no estar agradecida con enfermería, con la comunidad de Picún? Yo les debo un montón porque cuidaron de mis hijos”.
Ahora, con 55 años y 33 años de servicio, Claudia transita lentamente la posibilidad de cerrar una etapa. “Estoy en proceso de poder soltar”, dice. Su familia fue fundamental para llegar hasta aquí: su esposo y sus cuatro hijos -una hija docente, un hijo que estudia Medicina, otro que estudia Veterinaria y el menor que cursa cuarto año- acompañaron cada capacitación, cada desafío y las muchas horas fuera de casa.
Sin embargo, todavía imagina una manera de seguir siendo enfermera. Tal vez un consultorio donde pueda ayudar a la gente. Porque después de toda una vida dedicada a cuidar, resulta difícil imaginarse completamente alejada de aquello que define quién es.
En su chacra, junto a su marido y los animales, encuentra su refugio. Allí desconecta, escucha folclore y música romántica y recupera algo de tranquilidad. Pero incluso cuando está en el pueblo, la profesión la sigue buscando: “Claudia, ¿me podés hacer una inyección?”, “¿me podés tomar la presión?”, “¿podés ir a ver a mi mamá?”. Y ella responde. Porque, después de 33 años, cuidar ya no es solamente un trabajo.
Cuando piensa en cómo quiere ser recordada, no habla de cargos ni reconocimientos. Elige algo mucho más sencillo: “Que ellos me recuerden diciendo que fui una persona que dio lo que estuvo a mi alcance”. Y agrega: “Soy una persona sencilla, comprometida y cercana a la comunidad”.
Tal vez esa sea la mejor síntesis de su historia. La de una mujer que llegó a Picún Leufú como enfermera y terminó convirtiéndose en parte de su comunidad; que acompañó nacimientos y despedidas; que atravesó una pandemia y fue sostenida por aquellos a quienes había cuidado; que hoy dirige el hospital sin dejar de extrañar la cercanía del paciente.
Y mientras prepara, lentamente, el momento de soltar, Claudia Flores se permite mirar hacia atrás. “Ojalá que yo pueda haber dejado una huella positiva en cada paciente que atendí y en la comunidad”. Después de 33 años, esa huella parece estar allí: en cada familia acompañada, en cada paciente escuchado y en una comunidad que, cuando ella más lo necesitó, también supo decirle que no estaba sola.