Hecho en Neuquén
Reinerio Villanueva: dos décadas dedicadas a producir truchas de calidad en el norte neuquino
En el paraje Charra Ruca, sobre la Ruta Provincial 39 y a solo siete kilómetros de Huinganco, el sonido del agua del Arroyo del Manzano acompaña cada jornada de trabajo de Reinerio Villanueva. Allí, rodeado por el paisaje del Alto Neuquén, sostiene desde hace más de veinte años un emprendimiento que une producción, gastronomía y turismo: el criadero de truchas Las Piedritas.
La historia comenzó hace dos décadas, impulsada por el deseo de producir una de las especies más emblemáticas de la cordillera neuquina. Sin embargo, el camino no estuvo exento de dificultades. Una fuerte tormenta destruyó gran parte del criadero y se llevó las truchas que había logrado criar. Lejos de abandonar el proyecto, decidió comenzar de nuevo.
Con esfuerzo y perseverancia trasladó el emprendimiento al lugar donde funciona actualmente. Años más tarde, la pandemia volvió a poner a prueba su trabajo, ya que no pudo recibir los alevinos necesarios para continuar la producción. Una vez superada esa etapa, retomó la actividad con la misma convicción que lo caracteriza.
Hoy mantiene alrededor de 1.700 truchas, que crecen alimentadas por las frías aguas del Arroyo del Manzano. El proceso requiere paciencia: desde que llegan como alevinos hasta alcanzar el tamaño ideal para el consumo transcurren entre 18 meses y casi dos años.
La explicación está en la propia naturaleza del lugar. El agua de montaña mantiene temperaturas muy bajas durante gran parte del año, lo que hace que las truchas crezcan más lentamente. Sin embargo, esa misma condición se traduce en un producto de excelente calidad, con una carne firme, buen color y libre de enfermedades.
Para Reinerio, el objetivo nunca fue producir grandes volúmenes. Su proyecto apunta a mantener un equilibrio con el entorno y garantizar la calidad del producto. Por eso aspira a no superar las 2.500 o 3.000 truchas, una cantidad que considera adecuada según la disponibilidad de agua y las condiciones climáticas de cada temporada.
Toda la producción tiene un destino muy claro: la mesa de quienes visitan el lugar. En el mismo predio funciona una parrilla donde las truchas pasan prácticamente del criadero al plato, ofreciendo una experiencia gastronómica auténtica para quienes recorren esta zona turística del norte neuquino.
La especialidad de la casa es una trucha despinada, abierta tipo mariposa, acompañada con crema de roquefort y papas al horno, una receta que se convirtió en el sello distintivo del emprendimiento y que cada verano atrae a visitantes de distintos puntos del país.
"Los turistas vienen buscando justamente ese plato y quedan muy conformes", cuenta con orgullo.
El trabajo cotidiano también refleja la importancia del acompañamiento técnico y la articulación entre productores e instituciones. Desde sus comienzos, Reinerio recibe el apoyo del Centro de Ecología Aplicada del Neuquén (CEAN), organismo que le provee los alevinos provenientes de Junín de los Andes y lo acompaña con asistencia técnica permanente.
"Ellos nunca me dejaron solo. Me capacité con el CEAN hace muchos años y seguimos trabajando juntos", destaca.
Actualmente desarrolla gran parte de las tareas por su cuenta y durante la temporada estival incorpora uno o dos trabajadores para reforzar la actividad, contribuyendo también a generar empleo local.
Con la mirada puesta en el futuro, sueña con retomar otra de las producciones que alguna vez distinguieron a Las Piedritas: la elaboración de trucha ahumada. Considera que hoy existen nuevas herramientas, como las envasadoras al vacío de pequeña escala, que facilitarían volver a ofrecer ese producto artesanal tan valorado por quienes visitan la región.
La historia de Reinerio Villanueva demuestra que el desarrollo del norte neuquino también se construye a partir de pequeños emprendimientos familiares que agregan valor a la producción local, generan experiencias para quienes visitan la región y fortalecen la identidad gastronómica de la provincia.
Con paciencia, constancia y el privilegio de contar con el agua cristalina de la montaña, cada trucha que crece en Las Piedritas representa mucho más que un alimento: es el resultado de dos décadas de trabajo, resiliencia y amor por la tierra donde eligió vivir y producir.