Tengo para contarles una historia familiar. Mi abuela Carmen, la mamá de mi mamá, fue maestra rural muchísimo tiempo. Y muchos años de su vida los pasó en el paraje Las Cortaderas, cerca de Cutral Co, sobre la ruta provincial Nº 17. En ese paraje, en una escuelita de adobe, techo de paja, piso de tierra, un baño con una letrina afuera. Estamos hablando de la década del ’30 y del ’40 y también del ’50.

La abuela Carmen fue para nosotros como una madre; vivíamos juntos cuando éramos chicos y jóvenes, y nos contaba todas sus historias, sus experiencias de vida en esa escuela. Creo que la escuela, el edificio, todavía está, porque están las paredes de adobe, el techo, y está la campana. Y es muy emocionante ver a la escuela de pie aunque no se utiliza como edificio escolar.

Allí en ese lugar, mi abuela Carmen vivía con su marido, que no era mi abuelo, y con sus hijos; mientras mi madre estudiaba Ingeniería en Buenos Aires. Una de sus hijas, hermana de mi mamá, se llamaba Luz María y cuando tenía cinco o seis añitos estaba muy enferma. Y mi mamá que estaba estudiando lejos decidió acompañarla para estar muy cerca de la hermanita enferma, que finalmente falleció debido a un problema cardíaco. Y mi mamá dijo que si algún día tenía una hija la llamaría Luz María y así, mi hermana Luz recibió ese nombre.

¿Por qué cuento esta historia familiar en este momento? Porque estoy muy emocionado. Y lo estoy desde el 19 de noviembre del año pasado cuando, por motivo del fuego que arruinó esta escuela, hablé con las dos Gracielas (intendenta y coordinadora del colegio) con el afán de darles aliento y que no se caigan ante esta tragedia. Pero me encontré ante una gran sorpresa, porque eran dos pilares, firmes ante la adversidad, muy estoicas, muy decididas, con los brazos en alto. Para nada las había abatido el fuego.

Y así pensé en mi abuela, que tantos años de lucha había pasado en aquella escuela, con tantas satisfacciones, también por supuesto con sinsabores, tristezas y luchas. Y en tantos años de dar clases en Las Cortaderas pasaron muchos chicos, chicos de la zona rural, que luego fueron médicos, otros ingenieros, otros obreros del petróleo, otras maestras, otras amas de casa y madres. Yo conocí a muchos de ellos cuando mi abuela enfermó y yo tenía quince años y fue visitada por decenas y decenas de alumnos de Las Cortaderas que pasaban a despedirla y saludarla.

Cuando nos encontramos con esta adversidad, con este problema, vi ese estoicismo y firmeza, junto con la firme decisión de padres, madres, alumnos, de defender esta casa, de defender sus paredes, hablamos con Juan Carlos Fernández (intendente) y dijimos manos a la obra. Había que poner el hombro, no podíamos dejar que esas paredes de esa casa el fuego se las llevara, porque simplemente son paredes materiales y lo más importante era lo que estaba dentro de ellas.

Así fue como en poco tiempo, en pocos días, en 58 días exactamente, con unas cooperativas de trabajo de San Martín de los Andes pusimos en marcha las aulas en el viejo Hotel Sol. Fue en tiempo récord y recibimos críticas, por supuesto, porque había que hacerlo urgente, había que contratar de forma directa, conseguir los recursos y en esto los recursos aportados por el IJAN (Instituto de Juegos de Azar de Neuquén) fueron los más rápidos que conseguimos, los más ejecutivos, que se alcanzaron para construir las aulas. Mejor dicho: construir aulas a partir de paredes que allá arriba no se presentaban con buena estructura y en las que el tiempo había hecho estragos.

Y hoy, en las palabras de los maestros, directores, en los no docentes y auxiliares, coordinadores, de los alumnos y alumnas también y en la letra de la canción propia de la escuela, veía el resumen de los sentimientos que todos ustedes han sido capaces de formar en esta casa. Es lo que quiere obviamente el papa Francisco que sea una escuela: una institución con siglos y siglos de historia y que seguirá teniendo.

Esta escuela que hoy ha logrado esta vuelta a casa es un hecho muy emotivo. A mí me remonta a esas paredes de adobe, a ese techo de paja en donde mi abuela Carmen daba clases. Puesto que lo mas importante no son las murallas, los edificios o las fortalezas. Lo más importante son los hombres y mujeres que defienden esas paredes y esas fortalezas.

Les reitero que me siento muy feliz por poder compartir con ustedes este momento y, además porque este disco dorado que simboliza el sol de esta institución siga destellando energía, luz, fuerza; y que esta rueda tan importante de la educación no se haya parado.

Muchísimas gracias.